martes, 31 de marzo de 2015

Meridiano de sangre

Título: Meridiano de sangre
Autor: Cormac McCarthy
Editorial: Mondadori
Páginas: 327

Sinopsis

Estamos en los territorios de la frontera entre México y Estados Unidos a mitad del siglo XIX. Las autoridades mexicanas y del estado de Texas organizan una expedición paramilitar para acabar con el mayor número posible de indios. Es el llamado Grupo Glanton, que tiene como líder espiritual al llamado juez Holden, un ser violento y cruel, un hombre calvo, albino, sin pestañas ni cejas. Nunca duerme, le gusta tocar el violín y bailar. Viola y asesina niños de ambos sexos y afirma que nunca morirá. Todo cambia cuando los carniceros de Glanton pasan de asesinar indios y arrancarles la cabellera a exterminar a los mexicanos que les pagan. Se instaura así la ley de la selva, el terreno moral donde la figura del juez se convierte en una especie de dios arbitrario.

Opinión

Nos ha mostrado el cine una versión en exceso edulcorada de los tiempos aquellos de los indios y vaqueros. Sí, en el cine, la empresa norteamericana para la extinción de los indígenas se ha resumido con el sonido de un disparo, el agudo chillido del proyectil impactando en la roca reseca y la nobleza de los hombres de aquel tiempo, indios y vaqueros. La realidad, sin duda alguna, debió ser muy diferente. 

Meridiano de sangre debería tener como prólogo una sola línea por parte del autor: estimado lector, va a usted a conocer la más terrorífica historia del hombre.

El Chaval no podría explicar cómo ha acabado en la pequeña expedición a la ancha franja desértica en la que los Estados Unidos de la época y México se fundían en la ambigüedad de sus fronteras. Nació en medio de la violencia como estado natural, la violencia como única forma de vida. Existen trozos de tierra en este mundo en el que la depredación es algo más que un asunto de animales. El chaval pretende ser un tipo duro y probablemente lo es. Poco sabemos de su pasado; lo suficiente como para entender que en su futuro está el acabar mal. Pero no corramos demasiado. A Cormac McCarthy le gusta recrearse en los pasajes, introducirnos en los tétricos escenarios. Sus personajes apenas necesitan mostrarnos su interior, tal vez porque prefiere los hechos más que las palabras. Así que apenas tocamos los pensamientos de los hombres mientras cabalgan por parajes desolados en los que sólo la muerte parece mostrarse: A medio día cruzaron el pedregoso lecho del río Casas Grandes y siguieron una cama de roca por encima del desvaído hilo de agua dejando atrás un osario donde varios años antes soldados mexicanos habían exterminado un campamento de apaches, mujeres y niños, los huesos y los cráneos esparcidos a lo largo de medio kilómetro y los pequeños miembros de niños de pecho y sus endebles cráneos desdentados...

La compañía que cabalga está formada por hombres de malvivir, desalmados en busca de su lugar en el mundo. Desde luego, lo han encontrado. Es Meridiano de sangre un western sin paliativos, un relato salvaje, verdaderamente estremecedor. Cada uno de los personajes representa una única y marcada motivación; el perfil de cada uno de ellos es simple. Sería excesivamente gratuito decir que sólo lo hacen por la sangre. El desorejado y marcado Toadvine no es cortador de cabelleras, por ejemplo; Glanton sin embargo es el hombre sin piedad, la muerte por la sencilla razón del poder dar la muerte. Y el chaval sencillamente está ahí, entre ellos, haciendo con ellos, luchando cuando corresponde, sobreviviendo a una tierra que no espera en absoluto albergar vida humana alguna, disparando tumbado bocabajo a los terribles salvajes (son verdaderamente terribles los indios de McCarthy, nada de pueblos honorables que defienden un modo de vida, son salvajes cargados de un odio superior, herederos de otra época, guerreros de armas tan rudimentarias como sus tácticas de combate, son demonios hasta para el hombre blanco más incivilizado) que pasan cabalgando en línea disparando sus arcos en eficaces parábolas. 

El desierto enloquece a los hombres del mismo modo que la selva salvaje centroafricana desestabilizó del todo al señor Kurtz del polaco Joseph Conrad. Cuando el baño de sangre se extiende en el tiempo y la lucha no responde más que a la lucha misma el hombre pierde su condición de animal racional. El hombre que come hombre deja de ser uno de ellos, se convierte en otra cosa. Así le ocurre a la pequeña expedición dirigida por Glanton. Los indios ya no son suficientes. Los indefensos pueblos mexicanos son ahora perfectas plantaciones de carne donde ir a pacer: La mayoría ni siquiera iban armados. Eran nueve y se detuvieron y giraron y luego cargaron por aquel terreno que alternaba roca y matojos y fueron liquidados en cuestión de un minuto. Los lobos oportunistas que los siguen haciendo festín de los caídos en el camino no difieren demasiado del Grupo de Glanton. Son la comitiva del demonio, piratas de tierra adentro. Y nosotros seguimos a el chaval, aunque el chaval ya no pinte nada, aunque no sea más que uno entre el resto.

La verdad sobre el mundo, dijo, es que todo es posible. Si no lo hubierais visto desde el momento de nacer y despojado por tanto de su extrañeza os habría parecido lo que es, un juego de manos barato, un sueño febril, un éxtasis poblado de quimeras sin analogía ni precedente, una feria ambulante, un circo migratorio cuyo destino final después de muchos montajes en otros tantos campos enfangados es más calamitoso y abominable de lo que podemos imaginar.

El extracto anterior bien resume la visión de el juez Holden

Meridiano de sangre no sería la gran novela que es si en ella no existiese una figura tan particular como es la de el juez Holden. ¿Quién es Holden? En realidad no es nadie. Es un conocimiento etéreo. Pero también es un personaje físico y tangible a lo largo de toda la obra. Su presencia es del todo perturbadora. Se trata de una verdadera inclusión en el relato. No se podría decir de él que persiga el mal; o al menos, que no es lo único que persigue. Su actitud se escapa del perfil concreto, no parece moverse como un ser humano, tampoco como un animal; no es tanto la sed de sangre como jugar por jugar. Es la personificación de un conocimiento profundo, no es un personaje al uso, se sale de las páginas de la novela en un extraordinario ejercicio de lectura. También el juez Holden cabalga a las órdenes de Glanton. Pero no, Holden, realmente no sigue órdenes, hace como que sigue las órdenes. En realidad actúa de forma arbitraria, asumiendo las reglas de un juego cuyo final ya conoce. Lo vemos desde los mismos inicios de la novela. ¿Por qué es esto así? Podríamos preguntarnos. ¿Y por qué va a ser de otro modo? Sería la pregunta con la que el propio juez nos respondería.

La figura de Holden, su origen, debemos buscarlo en otros relatos. Es un personaje recurso. De uno u otro modo, desde el primero hasta el último de sus escritos, va apareciendo a lo largo de toda la bibliografía del incomparable Cormac McCarthy, con otros nombres, otros rostros, y la misma sensación de estar frente a una palabra que se escapa de nuestra ortodoxa aplicación de la inteligencia. Su mensaje es tal vez tan ambiguo y esquivo como el de la deidad de los libros sagrados. Es también un sacerdote de las primeras civilizaciones, un conocimiento etéreo encarnado que ofrece una opción al camino de lo espiritual. Incluso en este mundo existen más cosas sin que nosotros tengamos conocimiento de ellas que en todo el universo, y el orden que observamos en la creación es el que nosotros le hemos puesto, como un hilo en el laberinto, para no extraviarnos. Su palabra enloquecedora transita a lo largo de Meridiano de sangre, como algo que no nos cuadra a nosotros los lectores; tal vez porque al igual que les ocurre a los hombres de Glanton, para él no somos más que humanos, dado que la existencia tiene su propio orden y eso no puede comprenderlo ninguna inteligencia humana, siendo que la propia inteligencia no es sino un hecho entre otros.

¿Qué pasa mientras tanto con el chaval? Sobrevive. Que no es poco. Es nuestro guía, nos mantiene en el argumento. Pero nada nos dice que no sea tan prescindible como lo son el resto de personajes. Dado que las historias contadas son, al fin y al cabo, acotaciones de otras más largas, su perfil de muchacho envuelto en sus sangrientas circunstancias también tiene su destino. Un destino para el que quizá ya se encuentre más preparado como personaje que nosotros como lectores.

Cormac McCarthy es un narrador peculiar que no trata solamente de contarnos una historia. Para ello trabaja el lenguaje. Su forma de contar siempre juega con nosotros, tiene la capacidad de acercarnos y alejarnos a sus relatos por medio de la sintaxis y el registro léxico. La historia del Grupo de Glanton se encuentra recogida en los libros de historia que nos hablan de aquellas sangrientas aventuras de los años cincuenta del diecinueve norteamericano. Él ha convertido la historia en algo más. Hay aventuras en Meridiano de sangre, así como hay una lente con la que entender un tiempo, así como una perspectiva -un ángulo complejo- desde donde contemplar al ser humano en unas circunstancias muy concretas e incómodas, el ser humano libre de toda moralidad. Cuando la criatura humana se despoja de toda obligación moral, independientemente de su educación o cultura primigenia, vuelve pronto al salvajismo del que procede, a su ancestral resistencia a perecer, pero también a la lucha por el dominio de la zona de caza.

Nos obligará a acudir al diccionario. Cada piedra tiene su nombre, cada fenómeno natural también. Los escenarios se suceden a lo largo de toda la obra, algunos muy diferentes entre ellos como la montaña y la llanura, y cada uno de ellos tiene su propio vocabulario. Si hay humor en esta obra es un humor macabro, un chiste que quizá da muy pocas ganas de reír, como el humor de los dioses. Meridiano de sangre es una lectura difícil. En realidad Cormac McCarthy es un autor complejo. No se puede decir de él que escriba para cierto público. No, McCarthy escribe, y ya después, su público, nace y crece en función de cierta necesidad. Es por ello que antes de leer Meridiano de sangre suelo recomendar la lectura de su Trilogía de la frontera, de la que Billy Bob Thornton llevó al cine su primera entrega con poco acierto. Existe en la actualidad un proyecto mil veces postergado por parte de James Franco, quien ha dado buena muestra de su conocimiento del autor de Knoxville. Tal vez sea que Meridiano de sangre se cuente entre los títulos más complejos de llevar al cine de la obra de McCarthy, por otro lado muy valorado por algunos directores como los hermanos Coen (No es país para viejos) o Ridley Scott (El consejero).

Debemos saber que al leer Meridiano de sangre nos enfrentamos a un clásico del futuro, y como tal debemos entenderlo. No es un libro para élites, es un libro para hambrientos de buena literatura. Una incuestionable recomendación. No obstante, la advertencia de su complejidad se hace necesaria. Para entrar a pecho descubierto en el Meridiano de sangre, antes, deberíamos conocer en qué extraño continente de las letras se encuentra el Meridiano McCarthy. La búsqueda merece la pena. Meridiano de sangre, literatura con mayúsculas.

Reseña realizada por Eduardo Flores de La victoria de la carne

sábado, 21 de marzo de 2015

El mapa y el territorio

Título: El mapa y el territorio
Autor: Michel Houellebecq
Editorial: Anagrama
Páginas: 384

Sinopsis


Premio Goncourt 2011. Si Jed Martin, el protagonista de esta novela, tuviera que contarles la historia, quizá comenzase hablándoles de una avería del calentador, un 15 de diciembre. O de su padre, arquitecto conocido y comprometido, con quien pasó a solas muchas noches navideñas. Evocaría, desde luego, a Olga, una rusa muy bonita, a la que conoce al principio de su carrera en la exposición inaugural de su obra fotográfica, consistente en los mapas de carreteras Michelin. Esto sucede antes de que llegue el éxito mundial con la serie de “oficios”, retratos de personalidades de todos los sectores (entre ellas el escritor Michel Houellebecq), captados en el ejercicio de su profesión. También debería referir cómo ayudó al comisario Jasselin a dilucidar un caso criminal atroz, cuya aterradora puesta en escena dejó una impronta duradera en los equipos de la policía. Al final de su vida, Jed alcanzará cierta serenidad y ya solo emitirá murmullos. El arte, el dinero, el amor, la relación con su padre, la muerte, el trabajo, Francia convertida en un paraíso turístico… son algunos de los temas de esta novela decididamente clásica y abiertamente moderna.

Opinión

¿Nos encontramos realmente con la novela del XXI cuando hablamos de Michel Houellebecq? Desde luego no iríamos muy desencaminados.

Con un estilo sencillo -una prosa sosegada y una muy inteligente contención léxica- el francés nacido en la isla de La Reunión (Oceáno Índico), nos muestra casi todo por la parte. En El mapa y el territorio (2011) se nos presenta el aislamiento del individuo, como ya hiciera en la brillante Las partículas elementales del 2002 (un título que en sí mismo ya es una verdadera declaración de intenciones) o como hiciera en Plataforma (2004); Houellebecq nos dibuja un perfil. En este caso tenemos a un artista de la imagen, Jed Martin, fotógrafo y pintor. Vamos a ser testigos del resto de su vida a partir del insignificante acontecimiento que es la avería de un calentador. En unas pocas líneas ya lo conocemos, así lo quiere Houellebecq. Conocemos a Jed Martin en un punto de inflexión de su vida como artista, pero también como individuo del tiempo que le ha tocado vivir. Ha de reinventarse, no lo piensa ni lo sabe. Pero qué es el arte, parece preguntarnos la novela, y para qué sirve el arte, nos cuestiona el autor, cuando por ejemplo se nos presenta un inconveniente como puede ser el fallo de la caldera que calienta nuestro hogar. Jed Martin no podría explicarnos qué es el arte. Él es artista, sin más. Tiene una vida. Y su vida es una historia como la de cualquiera, con sus ausencias y necesidades. Autor y personaje se funden por momentos en un acto nada solemne -yo diría que ridículo por momentos- en el que tratan de responder a la pulsión del artista. Mientras tanto, la vida sigue. La vida le muestra a la par la decadencia que le espera en la figura de un padre en el último cuarto de existencia (curiosamente, un arquitecto de vocación poética destruido por la influencia de Le Corbusier) y la belleza unida a la posibilidad del amor (en las figuras del recuerdo de una antigua novia malgache y Olga, una idealización rusa de la belleza, la promesa de futuro y la sofisticación femenina). Como es artista y como realmente es un gran artista, todo aquello que nada tiene que ver con el arte le tiende la alfombra roja del éxito. Pero claro, qué es el éxito para el artista, cuando el arte procede quizá de una parte del ser humano del todo incontrolable, algo a lo que poner precio es en sí un acto del todo incomprensible, inaprensible para el artista. Para Jed Martin los días siguen corriendo y la posibilidad del amor no es más que una opción tan irreconocible como el camino correcto. 

El mapa y el territorio profundiza en el arte como necesidad y en el arte como producto de mercado. El artista de Houellebecq no entiende de mercados, al menos no mucho más de lo que cree saber del arte en sí. Lo que Jed Martin sí parece comprender es que ha de seguir cuando la necesidad le lleva a crear una obra, a mantenerla mientras ésta siga devorando sus entrañas. Su arte es quizá el único posible: la realidad a través de la creación, de la sugerencia aparentemente absurda del objeto artístico.

Será quizá por eso por lo que el artista Jed Martin siente abrigo en la figura del escritor Michel Houellebecq (el Houellebecq no persona, la imagen que de Houellebecq se presenta al público lector, la figura pública con sus peculiaridades más comerciales, el autor maldito que alimenta el morbo), personaje accesorio y por qué no, el apunte lúdico meta literario de los que tanto gustan al autor francés. En este caso el personaje Houellebecq es una caja de resonancias para Jed Martin, son las palabras que se quisiera decir y es tal vez una lúcida especulación, una teoría elegante.

Hay tanto de duda en la vida de cualquiera como de luz, felicidad y horror. Porque no se puede concebir una vida humana sin la oscuridad que llevamos todos como parte de nuestro ser y que conservamos quizá porque alguna vez (si no ha dejado de ser así) nos fue útil evolutivamente. Para ello ha de haber un crimen y en El mapa y el territorio hay un crimen, algo tan horrible que incluso al experimentado comisario Jasselin le produce no poco malestar físico y sicológico. La inclusión de un crimen en esta novela rompe con todas las leyes universales de lo que se conoce como línea argumental. Un conejo de la chistera se podría decir. Pero hablábamos al principio de la novela del XXI, y la novela del XXI podría resumirse mucho (incurriendo en una extrema osadía) en aquello de arriesga cuanto quieras y haz lo que quieras siempre que exista un motivo; hazlo bien, o cae estrepitosamente. Michel Houellebecq sabe mucho de esto de contar historias. Conoce las reglas del juego, responde a la figura del poeta metido a novelista, aprendió a correr y a jugar antes que a caminar. Así que su conejo sacado de la chistera no sólo es válido, sino que es un conejo ejemplar. El lector agradece el crimen así como disfruta siguiendo los pasos del comisario Jasselin tras los pasos del asesino. Para ello no le quedará otra que encontrarse con el artista Jed Martin y sus interrogantes. 

No apta para los amantes de la literatura más superficial, El mapa y el territorio es otra buena novela de Michel Houellebecq, más que aconsejable. No nos identificaremos con el personaje protagonista, el argumento no nos "enganchará", pero entraremos de lleno y viajaremos a través de la duda contemplando un mundo que es el nuestro y que se hace raro hasta el extremo cuando somos los espectadores del caminar del otro que no somos. Se nos darán un mínimo de coordenadas, para lo demás, un simple mapa, y así, tratar de comprender todo un territorio. 

Reseña realizada por Eduardo Flores de La victoria de la carne

miércoles, 11 de marzo de 2015

¡No, por Dios! (Ateísmo para principiantes)

Título: ¡No, por Dios! (Ateísmo para principiantes)
Autor: Mauricio-José Schawrz.
Editorial: Cazador de ratas.
Páginas: 276.

Sinopsis
Este volumen repasa algunos argumentos históricamente esenciales del ateísmo y el agnosticismo desde una perspectiva del siglo XXI y está orientado no a académicos, sino sobre todo a la gente común y corriente que, al definirse como atea, no creyente, agnóstica o hereje se siente aislada, bajo asedio, temerosa de decir lo que piensa y por qué lo piensa. ¡No, por Dios! es un acto de complicidad para el ateo que empieza a serlo o que se plantea serias dudas religiosas, una demostración de que en la opción vivir sin dioses no hay sino ideas sólidas, razón y una sólida moral —más sólida que las de las religiones— asumiendo las responsabilidades que comporta la vida como única oportunidad de ser feliz y hacer felices a otros.

Opinión
Antes de comenzar a dar mi opinión, quiero dejar claro que yo sí soy creyente y que, por consiguiente, no estoy de acuerdo con muchas de las premisas que se lanzan en este ensayo. Dicho esto, desde un punto de vista formal, la experiencia de Mauricio-José Scharwrz en la prensa y la literatura se deja ver en un ensayo sencillo de leer, que te plantea cuestiones, a veces las soluciona y, algunas más, te lleva a ser tú quien cuestione el libro.

El autor defiende que su obra es divulgativa y no "para académicos" y eso se nota en un lenguaje fluido y sencillo en el que trata de exponer unas ideas que, para él, están muy claras: el buenismo del ateísmo frente a la oscuridad de las religiones. Pero, para mí, la obra parte de una premisa falsa: ni el ateísmo es el origen de todo lo bueno del mundo, ni las religiones son el origen de todo lo malo; pues lo que crea el mal o el bien no son las ideas sino los actos de las personas. Además en su defensa extrema del ateísmo cae en un error garrafal al considerar que fe (sentimiento personal e intransferible), religión (computo de tradiciones, historia, geografía, sociedad y hasta economía) e iglesias (cualquier institución que controle/articule diferentes sectores religiosos, aunque el termino iglesia solo deba ser aplicada a la religión cristiana) son las misma cosa o, al menos, las trata como igual para acabar diciendo que el creyente es una víctima.  

Otro punto negativo es que en su espíritu divulgador pasa por encima de muchos aspectos, quedándose tan solo con aquello que le conviene e, incluso, falseando la Historia —como medievalista no puedo dejar de destacar que la Edad Media, por mucho que fuera una época profundamente religiosa, no es una época oscura; tampoco las "guerras de religión" fueron realmente por motivos religiosos, sino políticos—, o confundiendo términos teológicos que parecen mostrar una falta de formación y fondo en la obra que no creo que se de en el autor. 

Termina tratando diversos aspectos vigentes en el siglo XXI: la religión en las escuelas es uno de los aspectos en los que más de acuerdo estamos, pues ambos creemos que no debe estar presente. También la homosexualidad —que el define como "personas de sexualidad diversa"— tiene su lugar, como la prostitución —capítulo del que cada uno debe sacar sus propias conclusiones—.

Pese a lo dicho y mi opinión contraria al autor en muchos aspectos, se trata de un ensayo de sencilla lectura, con un público potencial que está previamente de acuerdo con las posturas tratadas —ningún creyente encontrará motivos para dejar de creer en este libro— y que sirve para reafirmar una postura personal ante los ataques que puedan darse a los ateos. Quizá el origen mexicano del autor le haya hecho sufrir dichos ataques que, en la España del siglo XXI, se nos antojan ausentes.

Así, como indica el subtitulo de la obra, es un ensayo divulgativo para personas que se están planteando su ateísmo y que, en ese caso sí, encontraran razones para sustentar sus ideas.

domingo, 8 de marzo de 2015

Viajo sola

Título: Viajo sola
Autor: Samuel Bjork
Editorial: Suma
Páginas: 560

Sinopsis

 Un hombre sale a pasear con su perro para recuperarse de la resaca y de sus problemas de conciencia. De repente el perro sale corriendo entre los árboles. Allí el hombre descubre a una niña que cuelga de un árbol, balanceándose sobre el suelo. Con una mochila escolar en la espalda y un cartel alrededor del cuello que dice «Viajo sola». El inspector de policía Holger Munch se encarga del caso y no tarda en darse cuenta de que va a necesitar la ayuda de su excolega Mia Krüger. Sin embargo, Mia, que siempre había sido una chica sana, ahora parece estar enferma. Realmente enferma. Holger Munch acude a su casa para pedirle que vuelva al servicio activo. No tienen ni la más remota idea de lo que les espera.


Opinión

Admito que no soy de leer este tipo de novelas. El género policíaco, aunque atractivo, no es precisamente de mi gusto. De hecho, la última vez que leí un libro de características similares fue hace unos años, cuando se puso tan de moda las novelas de Stieg Larrson que a mí personalmente me gustaron, aunque hoy quizás opinaría diferente (recuerdo que al final desvariaba un poco). Tras esa trilogía no había vuelto a leer nada del género, hasta que topé con Viajo sola. En un principio, no me preguntéis porqué, pensé que era una novela infantil, creo que porque la portada así me lo parecía. Una vez leído el libro me parece que es una de las portadas más macabras que he visto.

La historia que plantea Samuel Bjork es adictiva. Puedo decir sin exagerar que me he bebido el libro en apenas tres días y ello se debe básicamente al ritmo de la narración. Si en otras novelas predomina un ritmo lento, lleno de discursos y capítulos largos. En esta novela los capítulos son cortos y cada uno de ellos es una escena diferente, un momento diferente y lleno de diálogos. Esto hace que el ritmo sea vertiginoso y que el lector sienta cierto estrés y cierta ansiedad. El ritmo facilita que el lector siga leyendo sin ser plenamente consciente de que se está bebiendo el libro. Por eso, cuando hoy he visto que el libro tiene 560 (lo he leído en el Kindle), no me he podido creer que me haya leído tal cantidad de páginas en tan poco tiempo. Y es precisamente porque la narrativa de Bjotk invita a eso. 

Otro elemento que me ha gustado de la historia es que está muy bien hilada. El autor sabe en todo momento a qué punto esta llevando al lector, pero el lector no tiene prácticamente ni idea. De hecho, al final de la misma el lector se da cuenta de que ha sido engañado todo el tiempo. No quiero decir que el final sea impredecible, pero sí que en cierta medida sorprende. Bjork mete mucha información y eso confunde al lector que no sabe qué pensar. Obviamente es un detalle fundamental para las novelas de este género, pero no creo que todos los autores sean capaz de hacerlo y, bajo mi punto de vista, Bjork lo hace bastante bien. Además ha sabido construir una historia que hasta cierto punto da grima, y en mi caso admito que me daba cierto miedo leer el libro por la noche ya que imaginaba los escenarios de los asesinatos y me daba cierto repelús, más aún cuando se trata de niñas que siempre me han dado mucha grima (la culpa de eso creo que la tiene la película de El resplandor).

A pesar de todo he de decir también que el final me ha resultado... ¿decepcionante? No, decepcionante no, pero sí algo precipitado. Creo que el autor ha querido añadir demasiados elementos que al final no ha sabido encajar del todo. Por ejemplo, las justificaciones del asesino me parecen un tanto flojas, claro que un asesino no tiene que justificarse, mata y punto, pero no sé, esa parte no me ha parecido tan elaborada como el resto de la historia. Además, no he podido dejar de sentirme un poco traicionada pues, aunque el caso se resuelve, las luchas internas de los detectives se quedan sin resolver, en especial las de Mia ¿Qué pasa con ella? Quizás el autor no le de importancia, pero cuando se tira parte de la novela haciendo referencia a ello lo menos que puede hacer es darle un final ¿o no?

En cualquier caso es una buena novela, tremendamente adictiva, que recomiendo a aquellos que les guste este género o quieran iniciarse en él. 

miércoles, 4 de marzo de 2015

La pintora de estrellas

Título: La pintora de estrellas
Autora: Amelia Noguera
Editorial: En un principio era edición de Amazón para kindle, ahora hay una edición en papel por Suma de Letras.
Páginas: 528

Sinopsis

Una historia sobre el exilio, la guerra, la traición y el amor no correspondido. Un relato sobre el valor de una mujer y la memoria de un hombre que necesita redimir su pasado. En París encontraron un nuevo hogar... En 1934 los jóvenes Diego, Elisa y Martín huyen de una España convulsa y al borde de la Guerra Civil y se trasladan a Francia con sus familias para comenzar una nueva vida. Allí Elisa logrará su gran ilusión, ser pintora y formar parte del mágico ambiente de las galerías parisinas, lo que, junto al amor incondicional de Diego, consigue hacer de ella una mujer totalmente feliz. Sin embargo, cuando la sombra de la Segunda Guerra Mundial aterriza en París, su idealismo y su pasión por el arte pondrán en peligro su mundo. Pero la traición y la barbarie fulminaron sus sueños. Setenta años después, ya anciano, Diego no se resigna a morir sin conjurar los fantasmas del pasado para que rindan cuenta de sus faltas y le devuelvan la paz a su conciencia. Violeta, su nieta, embarazada y huyendo de su marido, lo acompañará en un viaje a Asturias, la tierra que un día abandonó y a la que nunca tuvo valor de regresar. Un viaje a lo más hondo de su ser, de sus luces y sus sombras, que hará que Violeta se replantee toda su vida. Amelia Noguera construye una novela lírica y envolvente que habla de la nostalgia, de la esperanza, del dolor, del amor, del exilio y de la memoria en dos épocas distintas, demostrando que las pasiones humanas sobreviven indemnes a los años como pinceladas en un lienzo.

Opinión

Siempre es un placer leer historias que emocionan. Eso me pasó el año pasado cuando leí las dos novelas de Luz Gabás (cuyas reseñas podéis encontrar en este blog), que fueron ambas agradables sorpresas. Lo curioso de ambas es que empecé a leerlas con cierto escepticismo y al final acabé atrapada. Lo mismo me ha ocurrido con La pintora de estrellas de Amelia Noguera. Y yo creo que esto se debe a que las tres historias se van presentando poco a poco, sin que el lector se de cuenta de que está atrapado cuando ya es demasiado tarde, cuando ya no puede dejar de leerlas. Las tres tienen en común, además, que han sido muy cuidadas por sus respectivas autoras. Pues no hay duda de que Amelia se ha volcado para presentar una historia cargada de emociones, en la que cuestiones como el amor, el maltrato hacia la mujer, la homosexualidad, el abuso a menores, etc. son mostradas de una manera que desgarra al lector pero, a su vez, de forma natural, sin que haya abuso por parte de la autora a la hora de narrar los detalles. Así, determinadas situaciones que se podían haber presentado mucho más crueles y morbosas, se presentan con los detalles imprescindibles para que el lector se haga una idea de lo que está pasando, con ello evita caer, en mi opinión, en el dramatimo exacerbado, sin que por ello le quite gravedad. 

El argumento central de la historia, lejos de ser la España de la Guerra Civil o la ocupación alemana de Francia, es el amor. En ello estoy muy de acuerdo con lo que la propia autora explica en su blog, pues es el amor en todo su esplendor el que dicta el destino de los personajes. A Diego es el amor por Elisa, a Elisa es el amor por su madre, Clara, a Martín el amor por Elisa, a Anna el amor por Diego y a Violeta el amor (o desamor) por Álvaro. Puede resultar cursi a primera vista, pero ya digo que no se trata de amor en el sentido romántico, sino también amor filial, amor fraternal, amor materno, etc. Todo ello aparece en un contexto concreto realmente atractivo, como es el de la Francia ocupada que da el toque dramático a la historia. Pero la autora lo hace sin abusar, dando las explicaciones necesarias para que el lector menos conocedor del periodo histórico lo conozca y entienda porqué se desarrollan determinados acontecimientos. 

Uno de los detalles que más me han gustado es que la autora hace uso de un narrador en primera persona según los personajes. Normalmente no me suele gustar este tipo de narrador, pero aquí se utiliza de manera que son los personajes quienes hablan a sí mismos. Mediante estos discursos continuados el lector conoce no solo lo que piensan los personajes, muy especialmente Diego y Violenta, sino también lo que sienten y, además, permite conocer a los personajes secundarios como Elisa, Olliver, etc. Esto ha sido un gran acierto por parte de la autora que da a conocer a los personajes que ella quiere, dejando cierto halo de misterio sobre el resto, muy especialmente Elisa y Clara, pero un misterio que apetece pues son personajes que se deben conocer a su justa medida y poco a poco. A los demás: Martín, Danielle, Milagros, etc. tampoco tiene el lector porqué saber más de ellos que lo que se dice. Esta forma de narrar también ha hecho que sienta un especial cariño por Diego. Sus constantes discursos interiores, aunque algo pesados y repetitivos a veces, permite que lo conozcamos en profundidad,que empaticemos con él. Es casi imposible no quererlo y no sentir lástima por él. Será que yo nunca he tenido abuelo, pero si hubiera tenido uno hubiera querido que fuera como Diego. 

En definitiva, La pintora de estrellas me ha parecido una novela profundamente emotiva, que contiene una de esas historias que dejan un buen sabor de boca y grato recuerdo. Es de esos libros que se terminan de leer y se necesita un tiempo para asimilar todos esos sentimientos que ha transmitido, por lo que es imposible empezar a leer otro, sino que se necesita tiempo para dejar reposar. Cuando un libro me produce eso para mí es un gran libro, porque eso solo lo hacen las buenas historias. No puedo terminar sin alabar una última cosa, y es que el final me ha parecido magnífico. La autora podría haber abusado y haber creado un final de cuento, pero creo que el que tiene dignifica a los personajes, muy especialmente el de Diego. 

Sin duda alguna es una lectura que recomiendo.