sábado, 21 de marzo de 2015

El mapa y el territorio

Título: El mapa y el territorio
Autor: Michel Houellebecq
Editorial: Anagrama
Páginas: 384

Sinopsis


Premio Goncourt 2011. Si Jed Martin, el protagonista de esta novela, tuviera que contarles la historia, quizá comenzase hablándoles de una avería del calentador, un 15 de diciembre. O de su padre, arquitecto conocido y comprometido, con quien pasó a solas muchas noches navideñas. Evocaría, desde luego, a Olga, una rusa muy bonita, a la que conoce al principio de su carrera en la exposición inaugural de su obra fotográfica, consistente en los mapas de carreteras Michelin. Esto sucede antes de que llegue el éxito mundial con la serie de “oficios”, retratos de personalidades de todos los sectores (entre ellas el escritor Michel Houellebecq), captados en el ejercicio de su profesión. También debería referir cómo ayudó al comisario Jasselin a dilucidar un caso criminal atroz, cuya aterradora puesta en escena dejó una impronta duradera en los equipos de la policía. Al final de su vida, Jed alcanzará cierta serenidad y ya solo emitirá murmullos. El arte, el dinero, el amor, la relación con su padre, la muerte, el trabajo, Francia convertida en un paraíso turístico… son algunos de los temas de esta novela decididamente clásica y abiertamente moderna.

Opinión

¿Nos encontramos realmente con la novela del XXI cuando hablamos de Michel Houellebecq? Desde luego no iríamos muy desencaminados.

Con un estilo sencillo -una prosa sosegada y una muy inteligente contención léxica- el francés nacido en la isla de La Reunión (Oceáno Índico), nos muestra casi todo por la parte. En El mapa y el territorio (2011) se nos presenta el aislamiento del individuo, como ya hiciera en la brillante Las partículas elementales del 2002 (un título que en sí mismo ya es una verdadera declaración de intenciones) o como hiciera en Plataforma (2004); Houellebecq nos dibuja un perfil. En este caso tenemos a un artista de la imagen, Jed Martin, fotógrafo y pintor. Vamos a ser testigos del resto de su vida a partir del insignificante acontecimiento que es la avería de un calentador. En unas pocas líneas ya lo conocemos, así lo quiere Houellebecq. Conocemos a Jed Martin en un punto de inflexión de su vida como artista, pero también como individuo del tiempo que le ha tocado vivir. Ha de reinventarse, no lo piensa ni lo sabe. Pero qué es el arte, parece preguntarnos la novela, y para qué sirve el arte, nos cuestiona el autor, cuando por ejemplo se nos presenta un inconveniente como puede ser el fallo de la caldera que calienta nuestro hogar. Jed Martin no podría explicarnos qué es el arte. Él es artista, sin más. Tiene una vida. Y su vida es una historia como la de cualquiera, con sus ausencias y necesidades. Autor y personaje se funden por momentos en un acto nada solemne -yo diría que ridículo por momentos- en el que tratan de responder a la pulsión del artista. Mientras tanto, la vida sigue. La vida le muestra a la par la decadencia que le espera en la figura de un padre en el último cuarto de existencia (curiosamente, un arquitecto de vocación poética destruido por la influencia de Le Corbusier) y la belleza unida a la posibilidad del amor (en las figuras del recuerdo de una antigua novia malgache y Olga, una idealización rusa de la belleza, la promesa de futuro y la sofisticación femenina). Como es artista y como realmente es un gran artista, todo aquello que nada tiene que ver con el arte le tiende la alfombra roja del éxito. Pero claro, qué es el éxito para el artista, cuando el arte procede quizá de una parte del ser humano del todo incontrolable, algo a lo que poner precio es en sí un acto del todo incomprensible, inaprensible para el artista. Para Jed Martin los días siguen corriendo y la posibilidad del amor no es más que una opción tan irreconocible como el camino correcto. 

El mapa y el territorio profundiza en el arte como necesidad y en el arte como producto de mercado. El artista de Houellebecq no entiende de mercados, al menos no mucho más de lo que cree saber del arte en sí. Lo que Jed Martin sí parece comprender es que ha de seguir cuando la necesidad le lleva a crear una obra, a mantenerla mientras ésta siga devorando sus entrañas. Su arte es quizá el único posible: la realidad a través de la creación, de la sugerencia aparentemente absurda del objeto artístico.

Será quizá por eso por lo que el artista Jed Martin siente abrigo en la figura del escritor Michel Houellebecq (el Houellebecq no persona, la imagen que de Houellebecq se presenta al público lector, la figura pública con sus peculiaridades más comerciales, el autor maldito que alimenta el morbo), personaje accesorio y por qué no, el apunte lúdico meta literario de los que tanto gustan al autor francés. En este caso el personaje Houellebecq es una caja de resonancias para Jed Martin, son las palabras que se quisiera decir y es tal vez una lúcida especulación, una teoría elegante.

Hay tanto de duda en la vida de cualquiera como de luz, felicidad y horror. Porque no se puede concebir una vida humana sin la oscuridad que llevamos todos como parte de nuestro ser y que conservamos quizá porque alguna vez (si no ha dejado de ser así) nos fue útil evolutivamente. Para ello ha de haber un crimen y en El mapa y el territorio hay un crimen, algo tan horrible que incluso al experimentado comisario Jasselin le produce no poco malestar físico y sicológico. La inclusión de un crimen en esta novela rompe con todas las leyes universales de lo que se conoce como línea argumental. Un conejo de la chistera se podría decir. Pero hablábamos al principio de la novela del XXI, y la novela del XXI podría resumirse mucho (incurriendo en una extrema osadía) en aquello de arriesga cuanto quieras y haz lo que quieras siempre que exista un motivo; hazlo bien, o cae estrepitosamente. Michel Houellebecq sabe mucho de esto de contar historias. Conoce las reglas del juego, responde a la figura del poeta metido a novelista, aprendió a correr y a jugar antes que a caminar. Así que su conejo sacado de la chistera no sólo es válido, sino que es un conejo ejemplar. El lector agradece el crimen así como disfruta siguiendo los pasos del comisario Jasselin tras los pasos del asesino. Para ello no le quedará otra que encontrarse con el artista Jed Martin y sus interrogantes. 

No apta para los amantes de la literatura más superficial, El mapa y el territorio es otra buena novela de Michel Houellebecq, más que aconsejable. No nos identificaremos con el personaje protagonista, el argumento no nos "enganchará", pero entraremos de lleno y viajaremos a través de la duda contemplando un mundo que es el nuestro y que se hace raro hasta el extremo cuando somos los espectadores del caminar del otro que no somos. Se nos darán un mínimo de coordenadas, para lo demás, un simple mapa, y así, tratar de comprender todo un territorio. 

Reseña realizada por Eduardo Flores de La victoria de la carne

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