jueves, 4 de junio de 2015

La ofensa

Título: La ofensa
Autor: Ricardo Menéndez Salmón
Editorial: Seix Barral
Páginas: 144

Sinopsis

Si el cuerpo es la frontera entre nosotros y el mundo, ¿cómo puede el cuerpo defendernos del horror? ¿Cuánto dolor puede soportar un hombre? ¿Puede el amor salvar a quien carece de esperanza? Éstas son algunas de las cuestiones implícitas en La ofensa, la historia de Kurt Crüwell, un joven sastre alemán a quien el estallido de la Segunda Guerra Mundial empujará a vivir una experiencia tan radical como insólita. Metáfora de un siglo trágico, la existencia de Kurt se transformará en un vertiginoso viaje a las raíces del Mal, identificado en esta intensa novela con la cosmovisión del nazismo, pero también en un conmovedor ejemplo de la capacidad del amor para expiar el dolor del mundo y en una originalísima reflexión a propósito de la grandeza y miseria del cuerpo humano.

Opinión

La pregunta está en el aire. Antes de empezar.

Seguimos los pasos del joven sastre Kurt Crüwell por las calles de ese incomprendido periodo final de entreguerras en el que Hitler y su Blitzkrieg ya son del todo inevitables. Sí, lo seguimos, al muchacho, en esta primera parte de La Ofensa -La bestia rubia-, feliz, podríamos decir, difícil es saberlo, ignorante, más bien; en cualquier caso acepta su vida; al margen de la marea de destrucción y muerte por llegar. Pero los seguimos al joven alemán Kurt cuando visita a la muchacha Rachel Pinkus: Una vez compartido el pastel de frambuesa, y tras comunicar con cierta torpeza el objeto de su visita, Kurt abrazó a Rachel durante sesenta largos, sudorosos y conmovedores minutos en los que ambos conjugaron los dos verbos más antiguos que hombres y mujeres frecuentan en la intimidad: amar y temer (ya podemos sentir la forma de manejar la intensidad de la prosa de Menéndez Salmón). Y lo seguimos a cierta distancia, no crean, he aquí al hombre, parece querer decirnos el narrador; pronto podréis olvidar lo que fue, es algo que de momento hace bien en callar.

Sí, la pregunta aún sigue en el aire. Ya sabemos que Kurt irá a la guerra, se le llama a filas, a unirse a esa fuerza incontenible como metáfora de un sentimiento, como instrumento (¿de quién o qué cosa?), de la maquinaria bélica alemana, ahora nada que ver con aquella bestezuela humillada en la Gran Guerra. Se despide de Rachel y el asunto nos los deja bien claro ese narrador hábilmente instrumentalizado por el asturiano Ricardo Menéndez Salmón: Porque a Rachel Pinkus, el monstruo verraco de la Historia estaba a punto de devorarla. Era judía.  

Es así que llegamos a casa, el hogar que más pronto que tarde ha de abandonar. Es parte de la previa. Aún estamos familiarizándonos con la presencia del joven Kurt, del que ya sabemos que su futuro tiene que ver más con el horror que con tocar el órgano en la iglesia de San Nicolás. Una vez allí, serán las palabras de su padre los únicos lazos posibles para la supervivencia de algo más que el trozo de carne que habita, el joven Kurt; palabras que en el antes de un antes y un después le revelarán al hombre que su padre es. Tal vez para nada, porque la bestia rubia se acerca como se acerca la guerra, y no sabemos qué es. La pregunta en el aire tiene que ver con ese título, con esa ofensa, que desconocemos a quien va dirigida (¿quién es el ofendido?) y de parte de qué ofensor, tal vez la misma cosa ofensor y ofendido. La última palabra del cuarto capítulo: miedo. La puesta en escena ha terminado.

Cuando el joven Kurt viaja en tren hacia su destino lo hace acompañado de todos los Kurt de la Alemania de Hitler, jóvenes inocentes (¿inocentes?), hijos del espacio y el tiempo, de las circunstancias, las peores posibles, podemos creer. 

Pero tiene suerte el joven Kurt porque no pasa por la guerra asesinando con licencia ni mascando la tierra levantada al caer de morteros y obuses. Nuestro amigo se desliza cruzando las fronteras manejando un sidecar: ese cometido, sobre el papel, tan prosaico... con ese lirismo que poseen las cosas pequeñas... propició que los días de Kurt se fueran dotando no sólo de sentido... sino de ese fenómeno puramente humano que es la dignidad. Sin embargo, a su lado en el sidecar viaja la bestia rubia: Hauptsturmfüirer Löwitsch.

Una vez en París la narración nos aleja del escenario que puede llegar a ser una gran ciudad tomada por el peor enemigo que dieron los tiempos. Para ello leemos de puntillas la carta deshumanizada hacia el padre en la que se escriben nombres como Montmartre, Cezzane, Erik Satie, Picasso. El arte como una clave compartida entre protagonista y autor. Y sí, el narrador con ellos, se evade y nos aleja de los pelotones de fusileros, la artillería y el tableteo de los impactos de bala. Al fin y al cabo, para el sastre metido a soldado, la guerra no deja de ser una aventura.

Pero no es una aventura la guerra. ¿Es la guerra una ofensa? ¿Podemos sentirlo así? ¿Lo vemos ahí, en cada relato, con su ignorancia disfrazada de épica, como parecía decirnos Celine en Viaje al centro de la noche? Si no es una aventura la guerra y es una ofensa, bien pudo Kurt empezar a aprenderlo al contemplar frente a un calvario de piedra esos cuerpos, sus compañeros de uniforme habían sido colgados de sendas sogas boca abajo, al contemplar el acto de crueldad que la misma guerra genera entre hombres que son lo mismo y que en algunos casos agrupamos en el término humanidad. Algo ya había empezado a cambiar en el interior del sastre metido a soldado. Kurt jamás había visto a Löwitsch fuera de sí.

No, el horror no había hecho más que comenzar. Como si de pronto Kurt descubriese el mal en todo aquello. Ya no era un asunto en el que se disparaba y se mataba a distancia y él, un muchacho que había amado y que era alemán e hijo y hermano, que sabía que en la guerra se mataba o se moría, fue a descubrir que en todo aquello habitaba algo mucho peor que las armas y que los hombres que las empuñaban, algo que los impulsaba a mezclarse contra otros hombres y otras armas. La guerra se le reveló a Kurt en toda su crudeza. Aquí el narrador se detiene. La potente imaginería de Ricardo Menéndez Salmón trabaja cada palabra, el lector reduce la velocidad de lectura. Represalia. Un pueblo. Hombres mujeres niños. Poco a poco -no lo sabemos- vamos viendo a través de los ojos de Kurt. Ultimátum. Una iglesia. Fuego. 

Y el cuerpo de Kurt se rompe, su físico, su organismo se resquebraja en síndrome sin igual... el hombre conoce el mundo, fundamentalmente, a través de su cuerpo. Pero ¿puede un cuerpo decir: Basta, no quiero ir más allá, esto es demasiado para mí? ¿Puede un cuerpo olvidarse de sí mismo? Cuando Kurt Crüwell contempló el horror y éste, le desbordó después de haberlo devorado, su carne, su cuerpo, se transformó en tierra de nadie, se hizo el abismo, entre Kurt y el mundo.

La metáfora, así lo llama el doctor Lasalle en el sanatorio bretón de Notre Dame de Rocamadour, al hombre cuyo cuerpo había olvidado viejos sentimientos y sensaciones. Kurt recibe carta de su padre y en ella sabe del traslado de su amor Rachel a un gueto de Checoslovaquia. Pero nada. La frontera se lo impide. No puede sentir. Se vale de las palabras para decirse sentimientos. Más allá de eso, nada. La metáfora no es sólo la forma de entender a un paciente por parte de un médico. Se puede apreciar la flecha o el dedo índice de quien cuenta una historia: ver aquí. Pero es difícil, no crean, digerir inmediatamente la lectura de La ofensa. El joven Kurt convertido en metáfora ha de sobrevivir a la nueva naturaleza que le gobierna. Se vale de las palabras para decirse sentimientos. Kurt reconoció no sentir un rencor especial hacia Löwitsch por su crueldad ni hacia sus compañeros por gregarismo. Tampoco hacia los franceses que habían atacado con tanta saña al retén de vigilancia. Sencillamente, su cuerpo había claudicado. 

Las historias de Ricardo Menéndez Salmón son como laboratorios filosóficos. Nos ha colocado en un terreno complicado. Hasta el momento el argumento ha sido jalonado por apuntes históricos por aquí, personajes de paso por allá y un protagonista bien definido, en último momento, enfermo y lejano. Existe intención. Bravo. Preguntas y más preguntas. El título es una pregunta e incluso algunos personajes son también títeres interrogantes. La segunda parte de La ofensa se titula Una educación sentimental. Así es que surge Ermelinde, antítesis de Kurt. Él enfermo de guerra y ella enfermera sufriente. Hablan idiomas tan distintos que en ninguno de los mundos imaginables podrían ser enemigos. Por el contrario, Era hermoso aunque al tiempo cruel pensar que mientras Europa se desmoronaba, ellos dos nacían al amor como flores en una ciénaga. Y qué potente la imagen, una vez más, en la historia del asturiano Menéndez Salmón. Con el tiempo entenderemos que la imagen en la obra de este novelista está siempre mucho más allá del recurso -en una novelística tan inmensamente rica en recursos-, imagen y palabra son la misma cosa, pasaremos sobre la metáfora como patinando sobre hielo: Era hermoso aunque al tiempo cruel pensar que, mientras los pulcros ideólogos de Hitler decidían hacer jabón o pantallas para lámparas con la piel de Rachel Pinkus, ellos dos se entregaban a aquella ceguera deslumbrante en la que incluso la enfermedad de Kurt parecía un mal sueño del que pronto despertarían. No olviden que seguimos en guerra, retoma la palabra el narrador.

La guerra vuelve a jugar sus cartas, como si de un divertimento de los dioses se tratase, como si de un ensayo novelístico para un filósofo. Aparece la guerra en forma de rebeldes franceses tomando el sanatorio del doctor Lasalle con claras intenciones de pasar bajo el fuego de las armas a todo herido alemán. Pero hasta en los juegos infantiles más crueles hay a quien se le hace creer que su voluntad -y no el azar- puede cambiar el curso de los acontecimientos. Su elección nos confunde, su reacción, la decisión de quien anda como en la guerra, siempre confundido. Todos por uno, aunque ello signifique firmar su propia sentencia de muerte. Y son tantas las preguntas, tantas sus posibles respuestas. El narrador también juega y se marcha por los meandros de la duda mientras el argumento se suspende y nosotros, el lector, nos sentimos también en guerra y también en el juego. Pero argumento suspendido no significa historia muerta. Los personajes pueden estar por ahí, por los recovecos de nuestra imaginación, de hecho, dos de ellos ya huyen contra todo pronóstico, de la guerra, acaso del horror, a la sanación tal vez, hacia el olvido, lejos del mal, como si eso fuera posible, el mal que llevó a la ofensa, ellos, casi nada, comparados con el todo: Tampoco dos cuerpos a bordo de una barca parecen un gran capital... aun contando con la terrible diferencia de magnitudes que deben enfrentar al compararse con el mar, con el cielo y con la siempre remota línea del horizonte, dos corazones que se obstinan en seguir latiendo significan mucho sobre el tablero de la vida.

Esta lágrima contiene un mundo, tercera y última parte de La ofensa, nos muestra a un Kurt que sigue enfermo. Ni siquiera es Kurt, sino Jean-Jacques Lasalle. Ni siquiera el nombre le restó de la guerra. De sastre metido a soldado ahora es sepulturero. Ermelinde sigue incapaz de separarse del dolor, una gota de esperanza se remueve en su vientre. Sólo al final entenderemos que cada pieza encaja, que la intención sigue siendo tan clara como cuando la historia empezó. Tanto es así que el sepulturero Kurt-Lasalle lee las Memorias de ultratumba de Chateaubriand cuando una palabra se descuelga por la ventana y llena sus oídos de intelectual por necesidad: Schneider (sastre en alemán). Un paso hacia el fin. La esperanza latiendo sumergida en el vientre, ay, ¿queda aún posibilidad para el final dickensiano? Desde luego, es posible. Y una palabra, como un sentimiento, es viajar hacia el pasado. Y será la palabra Schneider la que nos conduzca, poco a poco, batiéndonos con el oleaje de toda la historia vivida-leída, hacia un final de apoteosis, un final de brillante resolución, intenso plano secuencia en el que todo cuanto leímos hasta el momento encaja en una imagen de conjunto, no una respuesta, una reformulación única, el mundo quizá, contenido en una lágrima.

La ofensa es la primera novela de la que se ha dado en llamar por la crítica, con no pocas intenciones comerciales, trilogía del mal. A La ofensa siguen Derrumbe y El corrector. Y sí, tienen estas tres obritas -por la extensión- en común el tratamiento del mal, cada una de ellas desde ángulos bien diferentes. Cuesta creer sin embargo que nos encontremos ante un grupo tan reducido para movernos alrededor de asunto tan complejo. A Ricardo Menéndez Salmón se le entiende como un autor de obra. Por lo tanto cada novela viene a ampliar la anterior, una única novela que ensancha, novelas todas ellas partes de un único ensayo, todas ellas hijas del mismo laboratorio. Lo que no quiere viene en demérito de ninguna de sus partes. 

En La ofensa asistimos al mayor agravio que puede sufrir la humanidad de manos de la propia humanidad, ofensa con mayúsculas. ¿Cómo no ver el mal en estado tan puro como en la guerra? Por momentos uno cree ver un hombre solo frente al mundo. Su reacción es brutal, una alegoría de lo que no ocurre y cuya inexistencia es en sí inexplicable: la enfermedad ante el horror, una enfermedad que ataca al organismo por medio de la moral. No se cansa Menéndez Salmón de decirnos que su protagonista es tan común e insignificante como cualquiera, para ello recurre a la exactitud en la descripción de contexto histórico, en el que somos como hormigas al fin y al cabo, primeras páginas en que vemos más que leemos la vida de uno de los muchos jóvenes alemanes lanzados a la agresión. Pero el dolor le supera, y luego desaparece como por efecto de la atropina. Tan brutal debiera ser nuestra conmoción ante la guerra. Tan brutal debe ser como para que vivamos, de algún modo, a día de hoy, tan anestesiados como el organismo de Kurt Cröwell. La carga del mensaje no es poca; la extensión del texto es breve sin embargo, lo que hace que uno lo sienta más un cuento, sencillo en estructura -inicio, nudo, desenlace-, paradójico y parabólico, que una novela tal y como hoy entendemos la novela. Los personajes no llegan a ser nuestros, algo que podría pasar por superficialidad, y que no es otra cosa que la justa y necesaria distancia que necesitamos para saborear la esencia del cuento, un cuento sin diálogos. La intensidad en la prosa de Menéndez Salmón en La ofensa nos hace viajar en una montaña rusa, nos eleva por momentos en escenas tan crueles como líricas, así como nos pasea por llanos y digresiones que invitan a la reflexión y a la duda, pasamos de cero a cien y de cien a cero continuamente según avanza la historia, marcando con rotundidad cada final de capítulo. Existe un mundo concreto y propio de las imágenes metafóricas en la obra de Ricardo Menéndez Salmón (así como se intuye un estilo en continua evolución tras la lectura de las novelas que siguen a La ofensa). Aquí el autor sí piensa en cómo va a colocar su creación en todas sus partes ante la mirada del lector. Para el asturiano la novela es un medio, el lector es su meta. De existir una misión en su literatura, que no nos quepa la menor duda, se puede considerar por cumplida en La ofensa, primera de las novelas en lo que se ha dado por llamar la trilogía del mal. Que ustedes la disfruten.

Reseña realizada por Eduardo Flores (@EadWardBloom) de La victoria de la carne.

1 comentario:

  1. ¡Hola!
    Pues a este libro le tengo ganas pero hay tantos libros que leer, que no sé cuándo le llegará su turno.
    Buena reseña.
    ¡Nos leemos! :)

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